Ella ha vuelto a casa. Es tarde. Después de un duro día de trabajo comienza el ritual de los hábitos. Se sienta sobre la alfombra de esparto y deja los ojos en blanco. Medita veinte minutos y sale a la terraza. Desde allí se contemplan todos los tejados de Viena. La ciudad duerme, duerme, duerme…
Está triste como siempre. Una noche de verano, su hermano pequeño se fue de excursión con unos amigos al lago Constanza. Dicen que se emborracharon en una fiesta en un ferry y después ya nadie recuerda nada. A la mañana siguiente, su hermano había desparecido y nunca más nadie supo de él. Aunque dragaron el lago, nunca encontraron su cuerpo. Por eso cada noche, sueña que tal vez volverá su hermano. Pero su hermano no llega y hasta los sueños más bellos tienen impresa su fecha de caducidad.
Siempre está triste. Una noche, de un día cualquiera, decidió que, tal vez, su vida era demasiado feliz. Dejó atrás un brillante trabajo en el Parlamento y colgó en el armario de los recuerdos sus trajes de diseño y las sonrisas muertas. Fundó un café en el centro y lo adornó con poetas, músicos de jazz y gentes dela bohemia. Lo único que le quedó de su antigua vida fue la buhardilla de Johannesgasse desde donde cada noche podía contemplar los tejados de la ciudad.
Después de dejar atrás su antigua vida, decidió que solo necesitaba a alguien a su lado para ser feliz.
Conoció a mucha gente de la vida, pero nadie le supo enamorar. Entonces se fue haciendo solitaria. Los domingos por la tarde, cuando todo el mundo se encierra en sus madrigueras, paseaba por el Cementerio Central buscando consuelos de piedra. Y su corazón se fue haciendo más duro y se alma se iba llenando de pena. Un día, pensó que había llegado el Esperado. Conoció a un pintor genovés que llenó su cabeza de sueños.
Y ahora ya lo tenía todo: el trabajo que quería, el hombre adorado y la casa más bonita de todo Viena. Sin embargo, no era feliz. Por eso cada noche, cuando todo el mundo se entrega al sueño y al olvido y la ciudad se llena de silencios, escarba las sombras del pasado y busca palabras que le traigan de vuelta los recuerdos perdidos...
Hay un balcón en Viena que nunca permanece cerrado. Y allí cada noche, la alegría y la tristeza juegan una interminable partida de ajedrez.






