jueves 17 de enero de 2008

Trágicos vieneses

En la Plaza de los Héroes, enfrente del Palacio Imperial hay dos estatuas que se miran desde hace 150 años. La primera representa al Archiduque Carlos que fue el primer general que consiguió derrotar a Napoleón en una batalla, la otra al Príncipe Eugenio de Saboya que venció a los turcos cuando asediaban la ciudad en el siglo XVIII.

En 1853 Fernkorn construyó la estatua del Archiduque Carlos montado en un caballo con las dos patas delanteras levantadas. Apoyó las 20 toneladas de hierro que pesa, únicamente sobre las patas traseras. Cuando terminó los trabajos volvió a su estudio y volvió a repasar los cálculos que había hecho. Hasta entonces nadie había conseguido sostener tanto peso en una superficie tan pequeña. ¿Y si hubiera algún error?.

Es medianoche y todavía no ha conseguido dormir. Los números pasean por su cabeza y parece que se ríen de él. A la mañana siguiente, vuelve a Heldenplatz. La estatua sigue en pie. Se ríe de su estupidez y vuelve de nuevo al trabajo. Sin embargo, aquella noche tampoco puede dormir. Cada noche los números volvían a aparecer en su cabeza y por la mañana vuelve a ver la estatua en su sitio como un círculo interminable. Y la estatua sigue en pie. Al cabo de unos años, en el manicomio de Saint Polkten a las afueras de Viena, la enfermera se encontró una mañana el cadáver de Fernkorn. Se había suicidado. Por fin encontró el descanso… y la estatua sigue en pie hoy en día.

Más aún me sorprendió la historia de Kart Ritter von Geger, uno de los ingenieros más brillantes del siglo XIX. Su gran obra fue la construcción de los túneles de Simmering, a las afueras de Viena. Hasta ese día, los túneles se hacían por el método tradicional de cavar hasta encontrar la salida en el otro extremo. Ritter von Geger agilizó los trabajos calculando la trayectoria exacta que debía describir el túnel. De esta manera, se podía cavar por los dos extremos y encontrarse en el punto intermedio.

Según sus cálculos debían encontrarse en dos semanas en la galería intermedia. Se había invertido tanto dinero en esta idea tan revolucionaria que, el día fijado, vino incluso Francisco José a supervisar las obras. Al final del día aún no se habían unido las dos galerías. Unos cuantos colegas, envidiosos del éxito que los métodos de Ritter von Geger habían tenido, propagaron el rumor de que los cálculos eran falsos y que cada túnel iba en una dirección distinta y nunca se encontrarían. Según avanzaba el día fueron dejando al ingeniero solo. A la mañana siguiente, encontraron el cuerpo de Kart Ritter von Geger muerto al pie del túnel. Se había envenenado. Unas horas más tarde los dos túneles se encontraron en el punto exacto donde él había calculado.

Viena esconde una tragedia en cada esquina y una historia en cada rincón. Por las tardes, en la última hora del día, me gusta sentarme en cualquier viejo café de Viena. Me siento en los sillones de terciopelo y contemplo a la gente a mi alrededor. Nadie habla, nadie ríe. La gente se sienta sola en el café y escribe o lee o mira al infinito. Y piensa, sobre todo piensa. Y pienso yo cuando les veo pensar que todo vienés esconde un trágico cuya tragedia es tomarse la vida demasiado en serio.