Estamos acostumbrados a la figura del músico carismático y audaz. La mayoría asocia al compositor romántico con un Beethoven hosco y marrullero, con un Berlioz cruzando Europa de punta a punta recreando anécdotas geniales al estilo del "Conde de Montecristo", a un Liszt poniendo las masas a sus pies, a un Chopin derritiendo corazones o a un Wagner a caballo entre la miseria económica y la miseria moral.
Sin embargo, Schubert es un músico de barrio. Vivió casi toda su vida en Viena al amparo de sus amigos, no fue reconocido más que como un gran músico local de lieder - canciones melancólicas para señoritas de buena familia y murió en un triste anonimato.
A más a más, Schubert ocupa un lugar extraño en el panorama musical. Hoy en día nadie duda de su genio, es verdad, pero no es un músico que levante pasiones, produzca controversias o genere algún tipo de tendencia. En este sentido, le sucede algo parecido al bueno de Haydn que, siendo un músico genial, se le venera como a una estatua de mármol que se deja olvidada en un parque del extrarradio para alegría de las palomas.
Schubert tiene el estigma de los poetas hiperbóreos. Son complejos de escuchar y complejos de entender. En un mundo de discursos ampulosos y de palabras brillantes hueras, Schubert representa la voz silenciosa, el poema sencillo y delicado: "Durante largos, largos años canté muchas canciones. Si quería cantar al amor, éste se transformaba para mí en dolor. Si quería cantar al dolor, éste se transformaba para mí en amor".
¿Sabías que después de la muerte de Schubert se abatió un silencio casi total sobre su obra? La recuperación de su obra se produjo gracias a un joven alemán que se encargó de rescatar la mayoría de sus obras. Su nombre era Robert Schumann.
¿Sabías que Schubert mandó dos veces sus lieder a Goethe? Este jamás se interesó por ellos y se los devolvió sin abrir.
¿Sabías que Beethoven conoció la obra de Schubert pocos días antes de su muerte en 1827? (Schubert moriría en 1828). Beethoven comentó después de leer varias partituras: "¡Verdaderamente en este Schubert habita la chispa divina!"
Goethe: Erlkönig
Wer reitet so spät durch Nacht und Wind?
Es ist der Vater mit seinem Kind; Er hat den Knaben wohl in dem Arm, Er faßt ihn sicher, er hält ihn warm.» Mein Sohn, was birgst du so bang dein Gesicht?« -»Siehst, Vater, du den Erlkönig nicht? Den Erlenkönig mit Kron und Schweif?« »Mein Sohn, es ist ein Nebelstreif. «Du liebes Kind, komm, geh mit mir! Gar schöne Spiele spiel ich mit dir; Manch bunte Blumen sind an dem Strand, Meine Mutter hat manch gülden Gewand.» Mein Vater, mein Vater, und hörest du nicht, Was Erlenkönig mir leise verspricht? »Sei ruhig, bleibe ruhig, mein Kind: In dürren Blättern säuselt der Wind. «Willst, feiner Knabe, du mit mir gehn? Meine Töchter sollen dich warten schön; Meine Töchter führen den nächtlichen Reihn Und wiegen und tanzen und singen dich ein. »Mein Vater, mein Vater, und siehst du nicht dortErlkönigs Töchter am düstern Ort?« »Mein Sohn, mein Sohn, ich seh es genau: Es scheinen die alten Weiden so grau. «Ich liebe dich, mich reizt deine schöne Gestalt; Und bist du nicht willig, so brauch ich Gewalt. »Mein Vater, mein Vater, jetzt faßt er mich an! Erlkönig hat mir ein Leids getan! «Dem Vater grauset's, er reitet geschwind, Er hält in Armen das ächzende Kind, Erreicht den Hof mit Müh' und Not: In seinen Armen das Kind war tot.Goethe: El rey de los alisios
Quién cabalga tan tarde a través del viento y la noche?
Un padre con su hijo, lo lleva seguro y caliente,
al resguardo de su regazo fiel.
- Hijo mío ¿por qué escondes tu asustado rostro?
- ¿Es el Rey de los Alisios, oh padre, tú no lo ves?
- ¿El Rey de los Alisios con su corona y manto?
¡Son alucinaciones hijo, que la niebla te hace ver!
¡Oh lindo niño, anda, ven conmigo!
Verás que juegos alegres te enseñaré.
¡Y qué flores tan extrañas florecen en mi orilla,
con las que mi madre hace dorados ramilletes!
- Padre mío, padre mío, ¿no oyes tú las promesas
con las que el rey de los Alisios pretende atraerme?
- No hagas caso, hijo mío es la fronda seca
del árido bosque, agitada por el cierzo.
- Lindo niño, ¿no quieres venir a mi palacio?
Te aguardan mis hermosas hijas en la entrada.
Cada una, en la noche, arrullará tu sueño
y sabrán entretejer sus danzas y cantos,
- Padre mío, padre mío, ¿no ves allá en la sombra,
resplandecer las bellas hijas del monarca?
- Hijo mío, no hagas caso, es la difusa espesura,
lo veo bien y no hay nada más.
- Niño hermoso, amo tu belleza divina;
si no vienes por las buenas, emplearé la fuerza.
- Padre mío, padre mío, ¡mira cómo me aferra!
me lastiman sus manos. ¡Defiéndeme padre!
Atemorizado el padre clava las espuelas a su caballo,
aprieta contra su pecho al lloroso niño,
por fin llega al portal de su casona.
Mira, y en sus brazos el niño está muerto.

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