En las turbias noches de juventud, solíamos decir de una chica que no era guapa, que era simpática; de una chica que no era simpática que era educada; de una que no era educada que tenía una buena conversación y así podíamos descender todos los grados de la evolución hasta los primates.
Esta misma sensación, de aquellas lejanas noches, reaparece cada vez que oigo a alguien etiquetar una obra de interesante. El adjetivo per se es de una riqueza indudable pero del uso malvado e indiscriminado se ha convertido en un eufemismo manso y poco aprovechable.
Cuando hablamos de música contemporánea, nuestra falta de criterio de lo que oímos nos hace suspirar: "es una obra interesante" cuando debiéramos decir: "es una obra desconcertante"; cuando escuchamos un compositor se segunda - injustamente olvidado - decimos que es interesante cuando debiéramos decir que es exótico o novedoso.
En el disfrute estético (ya sea música, pintura, toros o puestas de sol) el interés se presupone y el que necesite un estímulo para obtenerlo, está confundiendo su camino. Desconfío de la música interesante; me recuerda a las turbias noches de juventud y a tantas chicas educadas, simpáticas y de buena conversación.


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