jueves 8 de julio de 2010

Los chicos malos de la clase

Leo con estupor que han detenido al gran pianista y director Mikhail Pletnev en Tailandia acusado de pederastia y enseguida me vienen a la cabeza todos los escándalos de todo tipo relacionados con la música clásica.

Ya en la Edad Media se asociaba la música con la concupiscencia y se rechazaba cualquier música que no tuviera la finalidad de ensalzar al Creador como un mero y vulgar placer de los sentidos. Tampoco gozaron del respeto del pueblo los artistas e intérpretes a los que se les admiraba desde la distancia pero se les consideraba unos descastados.

En todas las novelas del siglo XIX (especialmente en Balzac, Zola, Dumas) se nos presentan a las cantantes de éxito como aprendices de meretriz. En los escenarios parisinos triunfan intérpretes seductores, gamberros y borrachos del estilo de Liszt y Paganini. Wagner es famoso por huir de corte en corte de sus acreedores y por sus formas y maneras de Don Juan trasnochado. Hay varios estudios que insinúan que Schubert pudo ser un putero y un borracho. Mussorsky murió directamente de alcoholismo severo. Rossini se descolgaba por las ventanas y se pasaba las horas nocturnas de fiesta en fiesta. Mozart salía por la puerta pero el resultado era más o menos el mismo.

Ya en nuestro siglo, la imagen del músico ha ido evolucionando hacia un concepto más profesional. Aún así, los escándalos se suceden con una cadencia regular. Siempre me había preguntado por qué los chicos malos proliferan en el mundo del arte - incluyo también la literatura, poesía, teatro, pintura - hasta que Thomas Mann (parafraseando a Platón) me enseñó la respuesta:

"Porque la belleza, Fedón, nótalo bien, sólo la belleza es al mismo tiempo divina y perceptible. Por eso es el camino de lo sensible, el camino que lleva al artista hacia el espíritu. Pero ¿crees tú, amado mío, que podrá alcanzar alguna vez sabiduría y verdadera dignidad humana aquel para quien el camino que lleva al espíritu pasa por los sentidos? ¿O crees más bien (abandono la decisión a tu criterio) que éste es un camino peligroso, un camino de pecado y perdición, que necesariamente lleva al extravío? Porque has de saber que nosotros, los poetas, no podemos andar el camino de la belleza sin que Eros nos acompañe y nos sirva de guía; y que si podemos ser héroes y disciplinados guerreros a nuestro modo, nos parecemos, sin embargo, a las mujeres, pues nuestro ensalzamiento es la pasión, y nuestras ansias han de ser de amor.

Tal es nuestra gloria y tal es nuestra vergüenza. ¿Comprendes ahora cómo nosotros, los poetas, no podemos ser ni sabios ni dignos? ¿Comprendes que necesariamente hemos de extraviarnos, que hemos de ser necesariamente concupiscentes y aventureros de los sentidos? La maestría de nuestro estilo es falsa, fingida e insensata; nuestra gloria y estimación, pura farsa; altamente ridícula, la confianza que el pueblo nos otorga. Empresa desatinada y condenable es querer educar por el arte al pueblo y a la juventud. ¿Pues cómo habría de servir para educar a alguien aquel en quien alienta de un modo innato una tendencia natural e incorregible hacia el abismo?

Cierto es que quisiéramos negarlo y adquirir una actitud de dignidad; pero, como quiera que procedamos, ese abismo nos atrae. Así, por ejemplo, renegamos del conocimiento libertador, pues el conocimiento, Fedón, carece de severidad y disciplina; es sabio, comprensivo, perdona, no tiene forma ni decoro posibles, simpatiza con el abismo; es ya el mismo abismo. Lo rechazamos, pues, con decisión, y en adelante nuestros esfuerzos se dirigen tan sólo a la belleza; es decir, a la sencillez, a la grandeza y a la nueva disciplina, a la nueva inocencia y a la forma; pero inocencia y forma, Fedón, conduce a la embriaguez y al deseo, dirigen quizás al espíritu noble hacia el espantoso delito del sentimiento que condena como infame su propia severidad estética; lo llevan al abismo, ellos también, lo llevan al abismo. Y nosotros, los poetas, caemos al abismo porque no podemos emprender el vuelo hacia arriba rectamente, sólo podemos extraviarnos. Ahora me voy, Fedón; quédate tú aquí, y sólo cuando ya hayas dejado de verme, vete también tú".

3 comentarios:

La Taberna de los Mundos dijo...

Lo peor de un mito es conocerlo: se te puede caer el mito al suelo y destrozarse.

Cineforum dijo...

De todas maneras, es normal que en el mundo del arte ocurran estas cosas. Me explico.
Los artistas, o creadores, son seres innovadores que abren caminos, no van por el transitado camino por el que la mayor parte de los mortales caminan.
Es decir, abren sendas, y prueban cosas. Para lo bueno, y para lo malo. Se salen de los cánones comúnmente establecidos. Probablemente, en la Antigua Grecia, donde la pederastia (o por mejor decir, el sexo con menores)no estaba penada socialmente, como en la actualidad, los creadores romperían esquemas de otra manera. Pero igual de aberrantes que la pederastia hoy día.
Creo que es por éso, por el afán de ir por caminos nuevos, aunque, a veces, los caminos son auténticos barrizales, como en este caso.

Federico Hernández dijo...

Muy interesante las ideas. En efecto, parece que el artista se sale de la norma y parece que para la bueno y lo malo exagera su comportamiento. ¿Uno debe ser un loco para ser un artista?¿No puede ser una persona equilibrada? Una cita de Nietzsche: "Loco tan solo, poeta solamente".