Hoy vamos a hablar del violín. Si preguntásemos a cualquiera cuál es el instrumento más importante dentro de la orquesta, una gran mayoría contestaría que es el violín. El concertino de una orquesta es siempre el primer violín y, si valoramos el repertorio de piezas escritas para cada instrumento, tenemos que - después del piano - las piezas más conocidas y populares se han escrito para este instrumento.¿Cuál es, pues, la ventaja del violín sobre otros instrumentos?¿Por qué esa preminencia del violín sobre otros instrumentos?
La primera razón es puramente física. El violín alcanzó la mayoría de edad mucho antes que la mayoría de los otros instrumentos de la orquesta moderna. La edad de oro en la construcción de violines se sitúa entre 1550 con Andrea Amati y 1737 con los últimos Stradivarius. Amati, Guarneri y Stradivarius construyeron en Cremona unos violines que aún hoy no han sido superados. Este dato resalta más si tenemos en cuenta que, la mayoría de los instrumentos de viento y viento metal no alcanzaron un nivel técnico suficiente hasta mediados y finales del siglo XIX.
Este temprano perfeccionamiento, unido a un tamaño asequible, a una afinación relativamente sencilla facilitó su desarrollo y expansión. En el barroco y clasicismo, la base de una orquesta es esencialmente la cuerda y los instrumentos de viento suelen aportar una nota de color frente a la omnipresencia de las cuerdas. El primer gran conjunto orquestal que conocemos serán los Veinticuatro Violines del Rey (Luis XIV).
Desde entonces, ha sido el instrumento más relevante en las formaciones orquestales si bien, a partir del siglo XIX, cada vez serán más relevantes los instrumentos de viento en las orquestas. En las vanguardias y en la mayoría de los movimientos experimentales del siglo XX, se ha intentado limitar el protagonismo del violín en los conjuntos orquestales puesto que siempre se ha asociado con las estructuras tradicionales de la música clásica.
En las orquestas actuales hay una sección de violines primeros (de 16 a 10 violinistas, aunque no hay límite establecido ni para arriba ni para abajo. El director es el que decide dependiendo de los músicos de los que disponga) y otra de violines segundos (normalmente 2 músicos menos que los violines primeros - es decir, si hay 16 primeros, habrá 14 segundos). Cada sección suele tener un rol musical diferente aunque eventualmente tocan todos juntos cuando el compositor quiere conseguir un mayor volumen.
Sin embargo, el violín ha alcanzado su máxima cota de esplendor y virtuosismo gracias a la gran cantidad de Conciertos para violín (solista) y orquesta que se han escrito. Ya desde el barroco, el ilustre prete rosso (Antonio Vivaldi) escribió innumerables conciertos donde el violín es el gran protagonista. En cierto sentido, las Cuatro Estaciones, es un gran concierto para violín y orquesta. Bach también escribió algunas de las páginas más geniales para este instrumento. Mozart escribió cinco brillantes Conciertos para orquesta. Sin embargo, es en el romanticismo cuando se escriben las grandes obras maestras para violín y orquesta.
En cierto sentido, el hombre romántico se siente identificado con el sonido del violín - melancólico, etéreo, ideal. Por otra parte, Nicolo Paganini - un joven violinista italiano que hace furor en París recrea perfectamente el espíritu romántico y crea una imagen que aún hoy no se ha podido borrar del intérprete maldito, diabólico, sobrenatural. No está de más recordar que el célebre Sherlock Holmes pasa sus horas muertas rasgando las cuerdas de su violín. En el románticismo se componen los Conciertos para violín de Beethoven, Mendelssohn, Chaikovsky, Sibelius y Brahms que son los cuatro grandes pilares del instrumento, junto con otros conciertos también importantes como los de Paganini, Schumann, Bruch, Dvorak o Glazunov.
El siglo XX contempla un nuevo impulso del violín sobre todo gracias a la eclosión de los grandes intérpretes del instrumento (Sarasate, Ysaye, Kreisler, Szigeti, Heifetz, Oistrach, Menuhin) que dinamizaron los conciertos y los dieron a conocer al gran público. Pablo Sarasate - a medio camino entre los dos siglos - siguió la escuela virtuosística de Paganini. Stravinsky, Bartok, Prokofiev (2) y Shostakovich (2) escribieron grandes obras maestras para el instrumento.
A la hora de valorar un intérprete del instrumento, podemos considerar:
1) Afinación: es algo que se da por hecho que un solista siempre toca las notas correctas, pero nos sorprendería comprobar que no siempre es así. Por supuesto, uno no debe ser excesivamente purista en este sentido y juzgar una interpretación por una o dos notas mal dadas...
2) Ritmo: Uno de los elementos fundamentales en un concierto con solista es la coordinación entre solista y orquesta. El oyente debe esperar que ésta sea más o menos perfecta y muchas veces no lo es.
3) Volumen: Uno de los grandes retos del solista es conseguir un volumen suficiente para resaltar cuando toca con una orquesta. Hay muchos solistas que no son capaces de sacar un gran volumen a su instrumento (casi siempre suele ser por el instrumento, aunque una buena técnica hace milagros).
4) Musicalidad: Este es el apartado más complejo de todos porque roza por todas partes la subjetividad y la sensibilidad del oyente. También se basa en la memoria, en todos aquellas veces que hemos disfrutado de una pieza y han ido forjando en nuestra cabeza lo que nosotros consideramos una interpretación perfecta.
Para terminar, os propongo un ejerecicio de juicio y valoración. Aquí van tres ejemplos de
Jascha Heifetz
David Oistrach
Maxim Vengerov
¿Sabías que Antonio Stradivarius fabricó alrededor de 1000 instrumentos de los que hoy quedan alrededor de unos 500? Cada uno de los violines que se conservan tienen un nombre propio (normalmente de un dueño famoso). Valorar uno de estos instrumentos es tan difícil como valorar una obra de arte ya que apenas hay mercado. Se calcula el valor de los mejores Stradivarius en unos 10 millones de euros.
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